sábado, 14 de abril de 2012

Ahora, una pequeña pausa



Tras haber puesto mucha información referente a Mercurita y el libro "Mercurita la aprendiz de hada" he decidido tomarme un respiro. El motivo es que tengo otro blog; este dedicado a otro personaje, pero de ficción; "Star Gordo". Su blog necesita un buen repaso, ya que está, casi vacío. Tal vez os preguntéis el motivo por el que he estado tan volcado con el de la hadita, y descuidado el otro. Bueno, pues resulta que a finales de marzo, recibí una oferta de promoción de mis libros en "Google Adwords" y me pilló un poco desprevenido, así que tuve que elegir; o Mercurita, o Star Gordo. Y como mi traviesa hada estaba más en condiciones que el otro, la escogí a ella. Eso no significa que mi protagonista de una gran aventura espacial, fuera peor. Nada de eso. Simplemente, es una hitoria distinta. 

De todas formas, Star Gordo ya tuvo su propia web en Geocities, desde el 2.004 al 2.009, hasta que cerró, y me dejó en la estacada. Así que, ahora era el turno de Mercurita, que es más reciente; desde principios del 2.009. Además, hay mucho que editar de los relatos que hice, ya que en esa epoca no sabía usar aún el Photoshop, y manejaba un programa de dibujo llamado "Pixia" que no está mal para principiantes, pero se me quedó obsoleto.

¿Qué decir de Star Gordo? Cuando en junio del 2.004 me dio por escribir relatos, él fue uno de los primeros. Lo llamé así, por "Star Wars" y el héroe de ficción de los años 40 "Flash Gordon". Lo hice de humor, pero no tardé en sentirme atraído por una historia de ficción seria, y decidí contar con él. Pero yo ya me había hecho a la idea de que se llamaba así, y no me cabía en la cabeza cambiarle el nombre.

Bueno, pues en ese blog estaré un tiempecito. Empezaré por la portada, que la que tiene actualmente, la veo muy simple. No os preocupéis, que volveré aquí, en cuanto pueda. Aún hay muchísmo que hablar de Mercurita. Si alguien quiere seguirme, ya sabe donde estoy. Nos vemos.


viernes, 13 de abril de 2012

El hombre encerrado (relato de fantasía).


   Era por la tarde. Salí a dar una vuelta para perder unos cuanto kilitos, que falta me hacía. El ambiente era caluroso, como todas las primaveras en mi ciudad. De pronto, escuché una voz suplicante, de un hombre que estaba dentro de un coche aparcado. Casi me muero del susto, al verlo.
   -Por favor ¿No tiene nada de comer o beber?
   Tenía la cara como de no haberse afeitado en una temporada, además del pelo revuelto y la camisa llena de arrugas, y algo sucia. Mi primera impresión fue que se trataba de un mendigo que vivía en un coche abandonado; pero el vehículo, si bien le hacía mucha falta un buen manguerazo, no parecía viejo en absoluto. Me entraron ganas de salir corriendo, pero me contuve. Me metí las manos en los bolsillos para darle unas monedas, y que me dejara en paz.
   -Señor, no le estoy pidiendo dinero, sino comida.
   Eso era otra cosa. No estaba dispuesto a pagarle los vicios a ningún pordiosero. Cerca de allí, había una tienda de golosinas. Le pregunté, si se conformaría con un paquete de patatas, a lo que el hombre respondió, afirmativamente.
   -Traiga agua también, si no le importa. Agua, por favor. Nada de Coca Cola, cerveza o cualquier otra bebida.
   -De acuerdo. Vuelvo enseguida. No se vaya a ir.
   -¿Irme? No puedo aunque quisiera. Además, al coche no le queda gasolina.
   Al entrar en el establecimiento, miré hacia atrás. El hombre me hacía gestos con las manos para confirmar que seguía en el mismo sitio de antes. Le compré un paquete de patatas, una botella de agua de un litro, y un bollo de chocolate. Se puso muy contento cuando le entregué todo aquello. Por fin, alguien que no pedía para drogas o vino. Ya tuve una rabieta por culpa de un hombre al que vi muy necesitado, y tras darle dinero, al rato me lo encontré de nuevo, pero borracho. Me dije que ese sería el último, y ninguno más. Sin embargo, este hombre me pareció distinto. Esperaba que no me decepcionase. 
   -Por favor, si no tiene nada que hacer, le rogaría que se quedase a charlar un rato conmigo.  
   Bueno. No esperaba que me pidiera conversación, pero suele ocurrir, que la gente desesperada, necesita contarles el motivo de sus desgracias a los desconocidos que les inspiran confianza. Como lo más difícil, que es soltar dinero, ya estaba hecho ¿Por qué no escuchar a ese infeliz?
   -Dígame, caballero. Dije, acercándome a la ventanilla.
   -Me llamo Angel. Hace unos días, no recuerdo cuántos, pero era jueves; a eso de las once y media de la mañana, iba yo con mi coche, cuando de repente, veo en el paso de peatones de un semáforo, a dos niñas, andando a la patita coja, justo en las rayas de la señal. Los conductores nos pusimos a tocar el claxon para que se fueran. Ese no era el sitio adecuado para ponerse a jugar. Curiosamente, las niñas llevaban un vestido de fantasía, de color turquesa, y unas alitas en la espalda. Se tomaron a mal nuestras justas protestas. Yo iba el primero de la fila de coches que aguardaba. Ambas niñas eran morenas; una algo gordita, y hablaba poco. No podía decirse lo mismo de su compañera, que era una auténtica “buscacosquillas”, tal y como pude comprobar, de inmediato.
   -¡Dejad de mugir, toros! ¿Tanto trabajo os cuesta esperar a que lleguemos a la otra esquina?
   Me puse furioso al escucharla.
   -¿No te han enseñado tus padres, que la carretera es para circular los coches, y que hay que respetar las señales de tráfico?
   -No lo sabía, pero tampoco me importa. La calle es para que los niños podamos jugar; no, para que los mayores la uséis para chulearnos con vuestros molestos, ruidosos y contaminantes monstruos con ruedas ¡Habrase visto! ¡Menuda gentuza!
   Me puse a insultar a esa niña maleducada. Pero muy lejos de echarse atrás, tuvo la poca vergüenza de reprocharme mi actitud.
   -¡Hipócrita! Tú, al nacer, fuiste un niño. Si estuvieras en nuestro lugar, pensarías como nosotras ¡No me digas que no! Seguro que alguna vez, hiciste algo parecido a lo que estamos haciendo ella y yo.
   Le dije con malos modales, que no me contase historias raras, y nos dejaran irnos de una vez. Añadí, que mi niñez no era de su incumbencia, y fueron otros tiempos. La niña seguía a lo suyo, cada vez más indignada.
   -Ya veo que esos recuerdos son muy lejanos para ti. Pero al menos, deberías tener más humanidad. Si bien no eres un niño; tanto dentro, como fuera del coche, eres una persona de carne y hueso como yo ¿Es mucho pedirte, que tengas un poco más de comprensión hacia tus semejantes?  
   -¿Queréis apartaros de una vez, de la carretera? ¡A ver si al arrancar, atropello a alguna!
   En ese momento, habló la niña gordita.
   -¿Has oído? No solo aborrece su niñez, sino que le queda muy poco de humano. Quiere más a su coche, que a las personas. Eso merece un castigo ¿Te gustan los coches? Pues quédate dentro de él, y permanece ahí, para el resto de tu vida. Dijo, al tiempo que me señalaba con el dedo índice. Su amiga le reprochó esa actitud.
   -¿Qué haces? ¿No ves que a pesar de su chulería y malos modales, no es más que un pobre loco? ¿Cómo se te ocurre castigarlo de esa manera tan radical?
   La gordita, abrumada por el reproche de su amiga, rectificó.
   -¡Vale, tienes razón! Que sea solo una semana.
   Harto de tanto insulto y palabrería inútil, aproveché que se echaron a un lado, para tirar hacia adelante y continuar por mi camino. Sí, era lo mejor, o me habría visto obligado a salir, y ponerme a repartir guantazos a esas descaradas. Luego vienen los problemas ¿Dónde se habrían metido sus padres? Me pareció que me llamaban, pero seguí a lo mío. Bastante tiempo había perdido ya, por culpa de esas mocosas. La sorpresa llegó, cuando metí el coche en el garaje. No podía salir, por más que lo intentaba. Como ese es un sitio muy siniestro para quedarme encerrado, lo saqué a la calle. Y aquí estoy.
   Me llenó de asombro la historia de ese tal Angel. Me esperaba cualquier cosa, excepto eso. Le hice unas cuantas preguntas para comprobar su cordura.
   -¡Vaya por Dios! Me ha dicho que esas niñas llevaban unas alitas en la espalda ¿Verdad? ¿Podrían ser hadas?
   -No lo sé, pero tampoco le di importancia. Cada cierto tiempo hay fiestas en los colegios, o es el cumpleaños de alguna amiga, y aprovechan para disfrazarse. Ellas, bien podrían salir de alguna de esas celebraciones.
   -¿Seguro que su encierro no es causa de alguna avería en la puerta?
   -No creo. Ya lo intenté con la de al lado, y las de atrás. Es imposible. No se abren.
   Me contó, que llevaba unos cuantos días viviendo en el coche. No sabía cuántos, a causa de la monotonía. Pero le parecieron siglos. Lo estaba pasando muy mal. Nadie le hacía caso. Algunos, se burlaban de él. Muchos, le daban la espalda. De tanto ir y venir por la ciudad en busca de ayuda, acabó gastando la gasolina. No tenía móvil. Vivía solo, y era soltero. Sus padres residían a más de mil kilómetros de allí. Estaba desempleado, pero confiaba que dentro de un par de meses lo llamaran a trabajar. Su preocupación más inmediata, era presentar la declaración de la renta. Le pedí que intentara salir otra vez. No lo logró. El pestillo de la puerta se movía, pero ésta permanecía en su lugar.
   -¿Lo ve? La puerta sigue en su sitio.
   -¿Ha intentado, salir por la ventana?
   -Sí, pero es inútil. No puedo salir. Dijo, intentando sacar la mano, que no lograba traspasar el hueco donde estaba situada la ventanilla, bajada ¿O lo fingía?
   Hacía sus necesidades dentro del coche. Eso, sí que lo podía creer, a juzgar por el “olorcillo” que me llegaba. Menos mal que llevaba dentro un periódico, y eso le ayudó en algo.
   -¿Ha comido alguna cosa, antes de que yo le trajera de comer?
  -Muy poco. Apenas, tres trozos de pan y una rodaja de mortadela, que me tiraron unos gamberros que estaban comiendo el bocadillo cerca de un instituto, y no entendieron mi situación. Como tenían mala puntería, no pude comer más.
   ¿Qué pensar de ese hombre? ¿Estaba loco? No podía evitar, sentir lástima de él. Pero su accidentada historia de hadas, me parecía tan increíble….
   -Angel; me dijo que detrás había más coches esperando ¿Esto que le han hecho fue solo a usted?
   -Ahora que lo dice, creo que sí. De hecho, otros tocaban el claxon, más ruidosamente que yo. Es muy posible que algunos las insultaran con más furia. Pero como yo era el primero de la fila, me llevé la peor parte. O eso creo, ya que por el retrovisor, vi que las niñas no discutieron con nadie más, pero no se privaron de hacerles burlas y sacarles la lengua a los conductores. Cosas que pasan en esta injusta vida.
   -En parte, esas crías tenían algo de razón. Con tanto progreso nos estamos deshumanizando. Los niños, apenas tienen lugares donde jugar, salvo algunos parques, suponiendo que los gamberros no hayan causado daños en las atracciones.
   -Completamente de acuerdo, pero un paso de peatones de un semáforo en verde con una larga hilera de coches detrás, esperando, es un mal sitio para hablar de eso con unas niñas malcriadas ¿No cree?
   Sus respuestas me parecieron muy sensatas. Me despedí, deseándole buena suerte. Empezaba a oscurecer. Su único entretenimiento, era escuchar un ratito la radio. El coche se estaba quedando sin baterías, y sonaba muy baja.
   Al día siguiente, cogí el autobús para ir al trabajo. Trabajaba de celador en un hospital. Casi me había olvidado de ese extraño
hombre encerrado, cuando desde la ventanilla lo vi, dejado caer, encima del volante. Eso me inquietó. Tanto, que se lo comenté a mis compañeros, aún a riesgo de que se burlaran de mí.
   -Paco, tú, que eres psiquiatra ¿No podrías acompañarme un momentito a la hora del bocadillo, y hablar con ese hombre?
   -Ni pensarlo, Andrés. Ni siquiera se me hubiera ocurrido acercarme a él, como hiciste tú. Yo en tu lugar, habría llamado a la policía. Ellos saben lo que hacer con individuos así. Ya me he llevado más de un susto al tratar de ayudar a desconocidos.
   -No creo que sea un delincuente. Más bien te diría, que es un pobre hombre. Eso me pareció.
   -Bueno, en tal caso, lo soltarán en seguida ¿No crees?
   Fue a la salida del trabajo, cuando acompañado de Paco, nos acercamos a unos metros del coche. El tal Angel, seguía con la cabeza caída, encima del volante. Llegué a temer que en su desesperación, hubiese cometido alguna locura. Paco me pidió que llamara a la policía, inmediatamente. Le entregué el móvil.
   -Toma. Llámala tú, si no te importa. No tengo valor para eso.   
   -Mira que eres quisquilloso. En fin….
   Desde una distancia prudencial, vimos como dos agentes se acercaban. Dieron unos golpecitos en la ventanilla y despertaron al conductor.
   -¡Oiga! ¿Se encuentra bien?
   -¡Sí! ¡Gracias!
   -Abra la puerta y salga. Queremos que nos enseñe su carnet.
   Angel dijo que no podía. Los agentes le pidieron que lo intentara. Abrieron la puerta, lo agarraron suavemente por las manos, con cuidado para que no se cayera, y consiguieron sacarlo con poca dificultad.
   A continuación, le pidieron que se sentara en un banco cercano. Tenía calambres de tanto estar encerrado, y no podía permanecer de pie. Se tapó la cara con las manos, como si hubiera despertado de una pesadilla. Uno de los agentes le dio un golpecito amistoso en la espalda, mientras el otro informaba
por radio de lo ocurrido.
   -Tranquilícese. Ya pasó todo.
   Paco se burló de mí.
   -¿Lo ves? Mira qué fácilmente lo han sacado. Así que ese hombre desató las iras de unas hadas con sus bruscos modales ¿Eh? ¡Ay, qué risa! No me digas que estabas pensando que su historia era real.
   Me quedé sin palabras. Paco dijo que lo más probable era que fuese un maniático, un alucinado, o cualquier otra cosa parecida.
   -Si yo te contara la cantidad de pacientes que he tratado y sus problemas, te quedarías de piedra. Bueno, muchacho. Yo vivo aquí, cerca. Te dejo.
   Tras despedirnos, cogí el autobús. Entonces, recordé un detalle de la increíble historia. Dijo que el fatídico suceso ocurrió un jueves a las once y media, aproximadamente. Hoy era jueves, y el reloj marcaba las catorce horas y veinte minutos. Por lo tanto, hacía casi tres, que expiró el plazo de la supuesta maldición que tuvo que soportar Angel. Tal vez por eso, consiguió salir.
   Estaba ensimismado en mis propios pensamientos, cuando empezó a entrar gente. El autobús estaba a tope. Apenas me podía mover.
   De pronto, siento un brusco frenazo, que casi me tira. De inmediato, escucho al conductor, hablar con malos modales a alguien en el exterior, y muy sofocado.
   -¡La madre que os parió! ¿Vais a poneros a jugar a “la casita”, justo en medio de la calzada, y a la hora de salir de los trabajos?
   La mayoría de los pasajeros se sumaron a la indignación. Sus gritos e insultos eran, ensordecedores. Yo, con tanta gente delante, no sabía lo que estaba pasando. Con mucha dificultad, intenté asomarme a la ventanilla más cercana. Me bastaron un par de segundos para entenderlo todo, y que se me pusiera el pelo de punta. Unas niñas, cuya descripción coincidía plenamente con la que me dio Angel, habían colocado unas mesas y varias sillas, procedentes de un contenedor de basuras cercano, estorbando el paso de los vehículos. Al escuchar el insultante clamor, se levantaron de sus asientos, y avanzaron llenas de indignación hacia el autobús.
   -¡Conductor! ¡Abra la puerta, por favor. Yo me bajo aquí!
   Apreté, frenéticamente, el timbre para que me dejara salir. Me podía imaginar lo que podría ocurrir a continuación, y no creía que pasar una semana encerrado en un autobús con tanta gente dentro, fuera una experiencia agradable.


                                               Fin

jueves, 12 de abril de 2012

martes, 10 de abril de 2012

Mercurita la aprendiz de hada; Glosario

                        
                                        GLOSARIO  


Las brujas de Wamian: Son muchas las leyendas y mentiras que se cuentan acerca de éstas temidas brujas. La historia comienza en el año 2.104. Wamian era profesora de una escuela de hadas de Lamokia. Ese era su último año laboral. Entre sus alumnas estaba una joven princesa, Denka. Al final del curso le hicieron una sonora fiesta de despedida. La emocionada profesora vivía en Martana, y propuso a sus alumnas que la acompañaran a su tierra, ya que tenía una edad muy avanzada y los caminos eran inseguros. Muchas, aceptaron entusiasmadas en lo que parecía que iba a ser una feliz convivencia. Así que en vez de llevarla en una barca voladora, hicieron una larga caminata para disfrutar de la amistad.
El grupo, que inicialmente estaba compuesto por unas 80 alumnas y 22 alumnos, al cabo de una semana quedó reducido a 54 y 12, ya que los restantes se fueron a sus casas. La mayoría de las que seguían acompañando a la vieja profesora eran alumnos conflictivos y pésimos estudiantes que preferían disfrutar del verano por su cuenta, a quedarse en sus casas con sus familias.
Por el camino hicieron amigos, y el grupo aumentó hasta 75 y 33. La princesa Denka seguía en el grupo. La mayoría de sus miembros eran adolescentes.
Pero su padre el rey, debió adivinar lo que pronto sucedería y mandó a diez caballeros a buscarla. La obligaron a regresar, pese a sus protestas y la oposición de la mayoría de sus compañeros. Fue Wamian la que la convenció para que regresara.
Como estaban en el norte y hacía frío pese a ser verano, una parte de los simpatizantes propuso que dieran un rodeo hacia el caluroso sur. La mayoría, accedió. Hasta ese momento eran vistos con simpatía y cariño por la gente que se cruzaba con ellos. Pero al llegar al norte de la calurosa Neuria, empezaron los problemas. Unos culparon al calor y otros a la mala influencia de los simpatizantes, de lo que vino después.
Los disciplinados hados y hadas que hasta entonces se alimentaban de lo que les daba la naturaleza y dormían en el suelo, comenzaron a consumir bebidas alcohólicas y a portarse licenciosamente.
Pronto se hizo habitual a los incómodos vecinos, presenciar las orgías del grupo, que entonaban a toda voz canciones obscenas y no pocas veces bailaban ligeros de ropa o sin ésta, alrededor del fuego.
Ya llevaban un mes y medio, fuera de la escuela de hadas. Wamian había tenido tiempo de sobra, de llegar a su casa. Pero ella tampoco fue ajena al clima de indisciplina que reinaba. Parece que los largos años que pasó a disposición del riguroso colegio le habían creado un fuerte resentimiento.
Se convirtieron en bandidos y vivieron del robo, engaño y prostitución. El grupo se dividió en tres partes. El principal se quedó en Neuria. Otro fue a Darania y el restante a Varana. Los hastiados vecinos los expulsaban con frecuencia de sus tierras.
Ya tenían una bien ganada mala reputación. A sus delitos se sumó la mala suerte. Una epidemia se desató en Darania y murieron muchos animales de granja.
No tardó la gente en culparles de su desgracia. Les acusaban de ser brujos y de haber hecho eso, en venganza por haber sido expulsados. Wamian ya no quería regresar a su casa. Se había acostumbrado a vivir dando órdenes como si fuera la jefa de una banda de ladrones. A finales de octubre, su grupo de Neuria, contaba con al menos 274 seguidores. En su mayoría, eran mendigos, aventureros y desesperados. Por fortuna para ella, las autoridades no se decidían a tomar medidas por temor a un incidente diplomático con el reino de Lamokia.
Un día se precipitaron los acontecimientos. Un muchacho sorprendió a su padre en compañía de una de las brujas, en el pajar, y se puso a insultarlos. La enfadada mujer sacó un puñal y lohirió. Lo habría matado, si no fuera porque el padre la sujetó del brazo.
Otros miembros del grupo, llenos de rencor por haber sido expulsados de una casa abandonada, prendieron fuego a un granero, al saber que su propietario fue el que llamó a los guardias para que los echaran.
En Darania, pese a no depender directamente de Wamian; la banda, tras coger una colosal borrachera, robó un carro y varios caballos. Sus jinetes se pasearon desnudos a todo galope por el campo, a la vista de los vecinos. Luego soltaron a los caballos y quemaron el vehículo.
Las quejas eran abundantes. Pero fue el suceso del apuñalamiento la gota que colmó el vaso de la paciencia de las autoridades. Fue necesario reclutar a cinco compañías de brujos mercenarios y un ejército de 400 soldados para combatirlos. Pero sorprendentemente, fueron reducidos con facilidad. El abundante consumo de alcohol hizo grandes estragos entre ellos. Con frecuencia se encontraban borrachos cuando se topaban con sus perseguidores.
El grupo fue desarticulado, y sus miembros, acusados de brujería, robo, estafa y sectarismo, entre otras cosas.
Las penas fueron diversas pero las más duras recayeron para los estudiantes de la magia. Solo quedaban 32 brujas y 3 brujos del grupo inicial. Los demás estaban en paradero desconocido o regresaron a sus casas cuando tomaron conciencia de que la situación se les estaba escapando de las manos. Los 35 fueron condenados a muerte, incluyendo a Wamian.
La princesa Denka negoció en secreto para la liberación de sus compañeros. Pero por más que lo intentó, solo pudo lograr la libertad para ocho brujas, sobornando al alcaide de una prisión de Darania.
Cinco meses había durado la aventura, que tan mal recuerdo dejó en las regiones afectadas.
Denka quedó profundamente impresionada al ver llegar a su residencia de verano de Fasat, a las ocho brujas llenas de heridas causadas por la tortura. Sobre todo, le horrorizó ver a su vieja amiga Saira, con los labios hinchados y la mirada perdida. Esta, moriría a los pocos meses a causa de una enfermedad contraída en la prisión, durante el breve periodo que estuvo en la cárcel. Las demás fueron acogidas. Denka se hizo cargo en secreto de su manutención y las alojó en una de sus residencias.
Cuando accedió al trono, creó una organización llamada “Las brujas de Wamian” en recuerdo de su vieja profesora. A sus miembros las hizo pintarse sombra de ojos de color negro y los labios de violeta oscuro, en recuerdo al aspecto que tenía la infeliz Saira, al morir. Esas brujas son alumnas conflictivas con capacidades mágicas, escogidas en secreto por sus delegados de confianza. Trabajan para la reina y son las que le hacen sus trabajos sucios. Las brujas llevan un vestido marrón, con filos y adornos de color crudo, debido a la asociación de esos colores con la miseria. Es una simbólica forma de resaltar que siembran la ruina por donde quiera que pasen. Las aspirantes llevan el vestido solo de color marrón, sin los adornos en crudo.
El medallón del cráneo de ojos rojos con los cuernos que llevan, está inspirado en un dibujo que hacía uno de los miembros del grupo inicial, que pintaba muy bien, en las casas abandonadas y en los sitios que podía hacerlo.
De las ocho brujas solo quedan tres muy ancianas. Cada 17 de noviembre se reúnen todas y celebran junto con los miembros del grupo, el aniversario de la llegada a palacio de las brujas liberadas. Denka también participa cada vez que puede. Todas danzan alrededor de una hoguera y saltan por encima de las llamas. Pero la reina y sus tres compañeras, al tener demasiada edad, lo hacen encima de un leño encendido. Luego las abrazan y son felicitadas. Ese día, también se celebra la ceremonia de admisión de las nuevas brujas. Ellas son las únicas fuera de la corte, que pueden hablar en confianza con la reina. Incluso les está permitido no compartir las mismas ideas que ésta para conservar el espíritu liberal que existía en el grupo. Eso no evita que si Denka llegara a pedirles el cumplimiento de una misión, deberán hacerla tanto si quieren, como si no.
También tienen magos mercenarios y dragones, que les ayudan en las tareas difíciles.
La residencia de verano de Fasat “Los Cinco Anillos” ha dejado de serlo para convertirse en un cuartel y residencia para las brujas y sus auxiliares.
El imperio del norte: Es una sombra de lo que fue. A la muerte, en el 2.103 de su emperador Otrak III, los gobernadores se sublevaron e independizaron del poder central, en Neiran. Algunos llegaron a luchar entre ellos o a proclamarse reyes de alguna región. Orian, Martana, Enebran, las Islas de los Piratas y Lamokia, formaban parte de ese imperio. Al caos formado por los militares rebeldes, hay que sumar una gran cantidad de hijos ilegítimos de Otrak III que se unen al bando que les conviene, para recuperar el trono. A pesar de todo, en Neiran no renuncian a recuperar el esplendor perdido. Su débil emperador Otrak IV, no es muy optimista al respecto.
Los elegidos: Cuando el ejército del imperio que gobernaba en Orian se sublevó; su líder que era un administrador de armas y vituallas del ejército, no era noble ni de sangre real. Fue aconsejado por sus fieles de que no usara el título de “rey” como pretendía hacerlo, ya que le ocasionaría problemas con algunos de sus aliados. Por ello, escogió el título de “Elegido”. Tras fallecer, sus sucesores hicieron lo mismo, tanto si eran nobles como si no. Desde entonces, en muchas regiones de Tierra Yrena, sobre todo en territorio imperial, llamar a una persona “elegido” es como llamarle “don Nadie”.
Lamokia: Esta región es la más pacífica de las que constituían el Imperio del Norte. Su reina ha firmado un tratado de neutralidad con ellos, pero no se fía, ya que Lamokia es muy próspera gracias a la agricultura y al comercio, lo que ocasiona problemas comerciales con el Imperio. Entre sus ejércitos destacan las hadas y hados, a los que promocionan para defenderse de futuras agresiones.
Neuria: Esta modesta región del sur, tiene el gran inconveniente de su proximidad con la región de Palinea, en la que habitan las tribus loitinas, que de vez en cuando saquean las regiones fronterizas. Por suerte, dichos saqueos suelen ser breves, ya que si se alejan demasiado, los enemigos de los saqueadores pueden apoderarse de sus tierras. El gobernante de Neuria no siempre tiene dinero ni tropas suficientes, para poner orden.
El nombre de ésta región puede llegar a confundirse con “Nerian”, del norte. Eso se debe a que durante un corto tiempo, el emperador ocupó ese territorio perteneciente a Varana, y lo bautizó como “Nueva Nerian” o “Newrian”. De hecho, pretendió hacer de él, su segunda capital imperial. Al perderlo, conservó su nombre, pero sus pobladores cambiaron “Newrian” por “Neuria”.

Varana: Es una región próspera pero rodeada de peligros. De vez en cuando, tienen que soportar también a los loitinos, a los que rechazan con contundencia. Por ello, semejantes bárbaros, prefieren atacar Neuria. El conde de Varana ayuda siempre que puede al barón de Neuria. La región inexplorada de Antea, también inquieta al conde. Al principio, creyeron que la habitaban los loitinos, pero los prisioneros confirman que no es así. Un largo y desértico camino separa a Varana, de Antea. Y tras ese camino hay un espeso y oscuro bosque, que despierta toda clase de recelos. Algo parecido pasa con Mabranta, al este. Ambas regiones, son temidas por los loitinos y los exploradores.
Región inexplorada de Antea: Se sabe muy poco de esa región; y ese poco, no es muy alentador que digamos. La habitan unos seres altos, de estatura media de 1,90 cts. Tienen la piel grisácea, y siglos antes, eran llamados “demonios”. Algunos de esos misteriosos seres, se relacionan con los habitantes y comercian con ellos. Pero son muy herméticos cuando les preguntan por sus tierras o costumbres. A ellos les divierte que los confundan con demonios, pero cada vez está más claro, que no lo son. Al parecer, viven en las numerosas cuevas de su región. También aceptan luchar como mercenarios al servicio de las regiones civilizadas, y tienen guerras con sus tribus vecinas. Pero a pesar de todo, no existen noticias de que alguna vez hayan usado las armas para invadir otras regiones ajenas a su cultura.
Darania: Es una región muy conflictiva. Sus habitantes, están encantados de servir como mercenarios en las guerras, pero curiosamente son muy reacios a servir como soldados, defendiendo su propia región. A ellos les gusta viajar, ganar dinero y vivir como les da la gana, sin tener que dar cuenta de lo que hacen a nadie. En cuestiones de guerras les gusta luchar en campañas que no duren más de dos años. Por ello, aborrecen el servicio militar obligatorio y mal pagado al que les quiere someter su rey.
Darania es el escenario de numerosas batallas, ya que es un lugar preferente para reclutar mercenarios y comprar armas. Eso inquieta al conde de Varana que no pierde de vista la región, por miedo a que la lucha se extienda a sus dominios. La propia Darania está cerca de las antiguas tierras del Imperio del Norte, por lo que no sería de extrañar que algún día con la excusa de recuperar el antiguo esplendor; el emperador se apodere de la región. Además de mercenarios, Darania fabrica armas y armaduras de todo tipo, que distribuyen a todas las regiones. No es de extrañar que dos bandos enfrentados, usen el mismo tipo de cascos o armaduras. Probablemente los hayan comprado a los mismos fabricantes. En Neiran también fabrican armas y se dice que son de mejor calidad que las daranias. El emperador tiene prohibido a sus comerciantes, venderlas fuera de su imperio. Pero siempre hay quien las compra de contrabando.
Las Islas Revueltas: Las habitan los dragones negros. Estos animales se distinguen de sus parientes los dragones de bronce, en que son algo más pequeños. Los dragones sirven a los ejércitos del imperio y sus regiones rebeldes. Hay mucha rivalidad entre los dragones de bronce y los negros. Los de bronce habitan en las montañas de Mabranta. De la alimentación de los dragones de guerra se encarga el imperio del norte, que tratan con mucho mimo a los dragones veteranos que hayan luchado con ellos. Los dragones negros no suelen aceptar eso. Con participar en un par de batallas ya tienen suficiente. Luego se van a las islas y se buscan la vida. Hubo un tiempo en que los humanos y los dragones se llevaban bien. Eso cambió para peor y desde entonces, ya no habitan personas allí.
Orian: Esa región es llamada “La tierra de los espíritus”, debido a la gran cantidad de batallas que se libraron allí.
Las ciudades de Orian están en su mayoría, poco habitadas. Tal y como dice la gente, es una región maldita, con frecuentes apariciones fantasmales. Su terreno ha sido cubierto de sangre, miles de veces. Sus desdichados pobladores, con frecuencia tienen que soportar los abusos de los bandos enfrentados, pese a que sus habitantes no quieren tener problemas con nadie. Pero su situación estratégica hace que sus llanuras y oscuros bosques, sean los escenarios de las disputas entre los ejércitos de los bandos del norte.
Las islas de los piratas: Como su nombre indica, éstos ex súbditos del emperador se dedican a la piratería. Son libres, excepto cuando algún señor de la guerra los contrata para ayudarle en sus fines. Tienen que soportar las incómodas visitas de los dragones, procedentes de las islas cercanas.
Las tribus loitinas: En el sur y oeste de Tierra Yrena hay muchas tribus que de vez en cuando, atacan las ciudades fronterizas de las regiones civilizadas, en busca de botín. Hay tarios, dembros, nubaros, loitinos, etc…Pero para abreviar, se les llama “loitinos” en general, quizás porque fueron los primeros en llegar o porque son los que peor recuerdo dejaron, tras de sí.
Tierra Yrena: Es el nombre de la región donde suceden los acontecimientos. Es llamada así, en memoria de la antigua diosa madre de la vida y protectora de sus creyentes. Su religión, está en desuso en la mayoría de las ciudades, pero queda el buen recuerdo de la diosa, a la que veneraron en pinturas y estatuas de gran belleza.
Hechizos y embrujos: No se pueden lanzar tan a la ligera. Todos cuestan energía mágica a las hadas y magos. Digamos que un hada novata quiere ahorrarse el pintado de una habitación y lanza un hechizo para eso; bueno pues al cabo de unos segundos, estará casi tan cansada como si hubiera realizado dicho trabajo. Y si en vez de ello quiere pintar un edificio entero, no podrá lanzarlo porque es superior a sus fuerzas. Solo a base de experiencia y práctica, se consigue ser un hada veterana y lanzar los hechizos con el menor coste mágico posible. También puede ponerse de acuerdo con otra hada para ahorrar energía mágica.
Duelos mágicos: Cuando dos magos se enfrentan, al perdedor, se le cae la vara al suelo por falta de energía mágica o agotamiento moral. El ganador, recupera parte de su energía y puede optar por quedarse con la vara e imponer condiciones al vencido.
La magia y las riquezas: Un hada puede hacer oro, siempre y cuando lo haga para ayudar a los demás. En algunas ocasiones puede hacerlo para consumo propio, solo si se ve obligada a ello. Pero si ama el oro, perderá sus poderes con rapidez. Cada día será más torpe y notará que le cuesta mucho trabajo lanzar hechizos sencillos.
Un brujo ni siquiera puede soñar con hacer oro con la magia. Para no perder sus poderes deberá aceptar con resignación ese inconveniente. En eso están mejor preparados que las hadas. Estas cuando sienten el amor por el dinero, no tienen tanta disciplina moral como los brujos o brujas.
Los dragones: Los hay de color negro y de bronce. Los primeros son más pequeños que los otros. Pese a ser impresionantes, son bestias torpes que se asustan con el fuego y las tormentas, y rehúyen de las multitudes de personas. Pero eso no evita algún que otro disgusto.
En cambio, un dragón de guerra bien entrenado, no solo no tiene los temores que sus primos los dragones salvajes, sino que incluso son capaces de hablar.
Una tremenda desgracia sería que un dragón entrenado, decidiera rebelarse y se escapara. Más de uno ha hecho eso y se ha portado como un auténtico chantajista, exigiendo fuertes cantidades de comida, a cambio de no atacar la ciudad que tiene dominada. Cuidado con intentar envenenarlos. Ellos tienen buen olfato y podrían darse cuenta. Los dragones buenos, en cambio son todo honor y muy serviciales. Curiosamente, los dragones negros son más inclinados a hacer el mal que los de bronce, quizás porque éstos últimos son más queridos para ir a la guerra y les enseñan a sus hijos la disciplina militar y el honor que aprendieron. Todos los ejércitos intentan contar con dragones en sus filas. Pero es el Imperio del Norte, el que tiene buenos entrenadores y saben de mejores tácticas de lucha con ellos.
En los viejos tiempos, el Imperio disponía de excelentes veterinarios que les curaban las heridas en combate. Y un dragón que hubiera participado en alguna campaña, era bien recibido y se podía alojar en las residencias los dragones heridos y veteranos. Con la ruina imperial, eso se acabó
Palos, bastones y varitas mágicas: Sirven para dirigir la magia de las hadas y brujos. Estos, pueden dirigirla con sus dedos pero no es aconsejable por las molestias y calambres ocasionados, además del malgasto de energía. La excepción es la varita de viajero, que es un trozo de rama cargada de energía y puede ser usada brevemente por una persona con desconocimiento de la magia.
Los magos, hadas y brujas: Tanto las hadas y hados, como brujos y brujas; son magos. Pero las hadas usan la magia habitualmente para ayudar a los demás y las brujas en su propio provecho.
   
 
          


lunes, 9 de abril de 2012

Mercurita la aprendiz de hada capítulo 5

                                            Capítulo 5: Camino hacia Lamokia


   Tras varias semanas, Línan consiguió curarse. Fue casi un milagro. Al llegar a la casa de los Harden les abrió una sirvienta que la sustituía. Gefia la recibió, fingiendo estar contenta.
   —¡Línan! Qué alegría me da verte con vida. Me dijeron que habías fallecido. Supongo que vienes a recoger tus cosas ¿Verdad?
   Con esas palabras le daba a entender que estaba despedida.
   —Así es. Dijo ésta, con sequedad.
   Luego entró a toda prisa en la habitación que compartió con Sania y cogió sus pertenencias.
   —Eh, bueno….si quieres, puedes quedarte unos días hasta que decidas a donde vas a irte. Dijo Gefia, llena de remordimiento.
   —Gracias, pero me voy, ya mismo.
   Medro, conmovido, la ayudó a llevar el equipaje.
   —Esto es mucho para ti. Espérame y te lo llevaré en la carretilla a donde tú me digas.
   —Muchas gracias, me dirijo a la casa de mi madre. Está muy cerca de aquí.
   Amara estaba bien informada de todo lo sucedido, incluyendo la enfermedad de su hija a la que no visitó. Permitió la entrada de ésta, pero…
   —Sania, que se vaya a estudiar. En mi casa no la quiero.
   —Pero…es mi hija y tu nieta ¿No querrás que se vaya sola y tan lejos?
   —Sabes muy bien lo que pienso de todo esto, así que no me lo hagas repetir.
   La asombrada Línan, exclamó:
   —Pero….¿Lo dices en serio? ¿No te da lástima de ella?
   —Ese no es mi problema. Que se las apañe y vaya a ver a Arselo, el párroco, y le pregunte. No tengo inconveniente en darle algo de dinero para que coma por el camino.
   La enfadada Sania no pudo callarse.
   —¡No necesito tu dinero! Me voy de aquí, ya que mi madre no sabe imponerse. Es evidente que una bruja como tú, y una aspirante a hada como yo, no podemos estar juntas.
   —¡Sania! Más respeto a tu abuela.
   —¡Pues que me respete ella a mí! ¿No has visto aún, lo poco que me aprecia?
   Amara exclamó despectivamente:
   —¡Bah! Esta niña es una salvaje loitina como su padre.
   Antes de que Sania pudiera hablar, Línan le dijo al oído:
   —Sé que ésta situación es muy dura para ti, pero tu abuela está muy vieja, y tal vez dentro de poco, fallezca. Ten paciencia y respétala lo que le quede de vida.
   —¡Pues si se muere, mejor! ¡Una bruja menos!
   —Anda, déjate de decir tonterías y vete a ver al párroco.
   Sania se fue, dando un fuerte portazo.
  El párroco Arselo era un hombre moreno de cuarenta años, alto, delgado y con experiencia en ayudar a las personas en apuros. Sania le contó su problema. Tras un rato pensativo, le dijo:
   —Conozco a alguien que tal vez pueda ayudarte. Lo que no sé, es lo que tardaré en encontrarlo. Si no tienes ningún sitio a donde ir, puedes quedarte en el albergue.
  —Gracias, me quedaré. Mi abuela es una bruja y mi madre no me quiere lo suficiente como para plantarle cara por mí.
   La persona de la que el párroco habló, era Teriko de Hadria, el mafioso que durante un tiempo estuvo viviendo en una parte de la casa de la pequeña Sania. Ahora, su banda estaba dividida y desprestigiada. Peor aún. Varios de los ladrones que vendieron ropa robada en el mercado eran ex miembros de su grupo. La gente, por error creía que el propio Teriko estaba implicado en ese sucio negocio. De vez en cuando iba con varios de sus hombres a ver al párroco. Este le habló de la necesidad que tenía Sania de viajar hacia Lamokia.
   El bandido se sintió moralmente obligado a ayudarla. Pero no sabía cómo hacerlo. Tras muchas y complicadas gestiones entre el párroco y el burgomaestre del pueblo, se acordó una cita entre ambos en el interior del templo. Allí aguardaría Germak para escuchar lo que el truhán de Teriko le quisiera decir. Una vez acabara, dispondría de una hora para irse. Luego, seguiría siendo un vulgar delincuente perseguido.
   Un domingo por la mañana muy temprano, el nervioso Teriko entró en el templo, acompañado por Arselo. Dentro aguardaban tres soldados sin cascos ni armas. En un rincón de la primera fila, aguardaba el burgomaestre, arrodillado. Al parecer, estaba rezando.
   Al ver al delincuente indeciso, lo llamó por señas. Este se acercó y se arrodilló también. Teriko era moreno, alto y de complexión fuerte pero con ánimo decaído. En cambio, Germak, que físicamente no era muy distinto al bandido, tenía cara de astuto y hombre experimentado en la vida.
   —Parece que querías hablar conmigo ¿No es así? O eso al menos me dijo el párroco.
  —Así es. Tengo dos cuestiones de que hablar. La primera es que soy inocente de todos los delitos que se me acusan...
   El burgomaestre le interrumpió.
   —Anda, háblame de la segunda.
   Teriko protestó, por lo que consideraba una falta de respeto.
  —No soy ningún bandido. Tras la invasión de los loitinos puse orden en las regiones devastadas. A cambio de eso, pedí a la gente que nos pagaran por nuestros servicios. Es lo que habría hecho cualquiera.
  —Lo que hiciste fue extorsionar y chantajear a los ciudadanos. Todo aquel que no te pudo pagar le obligaste a compartir sus tierras con la gentuza de tu banda. Y cuando alguno tuvo la valentía de plantarte cara y pedirte que te fueras, lo apaleaste y expulsaste de su propia casa. Si en verdad pretendías ayudar, debiste haberte puesto a las órdenes de nuestro señor, el barón Amaxo de Neuria.
   —Lo siento; me fue imposible abandonar la región para ir a ver a Amaxo. Los loitinos podían volver durante mi ausencia.
  —¡Ya, claro! Si piensas que se está cometiendo una injusticia contigo, no dudes en escribirle y contarle lo que me has dicho a mí. En realidad, deberías ir en persona a entregarte. Pero dudo que lo hagas. Dijo, sonriendo, cínicamente.
   Teriko se quedó un momento pensativo. Germak, exclamó:
   —No le des más vueltas a eso. Las cosas son tal y como te he dicho. Ahora, si no te importa, háblame de la segunda cuestión, que no tengo todo el día.
   El mafioso le explicó lo sucedido a Sania, así como su sentimiento de ayudarla. Le pidió un salvoconducto para viajar con ella junto con algunos hombres más, para protegerla de los peligros del viaje.
   —Pobre niña. En verdad es una desgracia tener una abuela tan severa y una madre tan estúpida. Me alegra saber que aún tienes algo de humanidad con las víctimas de tus extorsiones. Pero no creas que seré tan tonto de concederte un salvoconducto para que te escapes.
   —Entonces, concédeselo a mis hombres.
   —Hmm. De acuerdo. Pero se lo daré solo a tres, que no tengan delitos de sangre.
  —Es extraño, creía que solo el barón Amaxo puede conceder un salvoconducto.
  —Está de visita indefinida en otras regiones por motivos militares. No se sabe cuándo volverá a la capital. Esa niña no puede quedarse en éste pueblo suplicando la ayuda del párroco y de su repugnante abuela, teniendo al alcance de su mano un futuro mucho mejor.
   Tres días después, Ankar, la rubia ex novia de Teriko se presentó a Sania. Iba con dos hombres más: Tando y Uriban.
  —Hola, Sania. Lamento mucho tu situación. Es increíble lo que has cambiado en los casi dos años que hace que no te veía.
  —Hola, Ankar. Yo también me alegro mucho de verte. No me olvido de aquellos buenos ratos que pasamos. Te agradezco muy sinceramente, que me enseñaras a leer.
   —Es agradable saber que me recuerdas con cariño.
   Tras entregar al párroco las pertenencias que no podía llevar para que las repartiera entre los más necesitados, Sania y sus tres acompañantes emprendieron el camino. Fueron a pie, ya que un caballo o un burro eran un lujo que no se podían permitir. Al menos tuvieron la suerte de que unos ganaderos se compadecieran de ellos y los llevara en su carro, ahorrándoles 50 kilómetros de marcha. Pero les quedaba aún, mucho camino por andar. Tando y Uriban tenían mala cara.
  —Si el camino os parece largo ¿Por qué vinisteis voluntarios? Había otros compañeros que nos hubieran acompañado con más voluntad que vosotros. Dijo Ankar.
   El barbudo Tando, exclamó:
   —No solo es que hay mucho que andar, sino que en el viaje de regreso nos pueden estar esperando los soldados del barón ¡Es más que probable que ese cobarde de Teriko ya se haya rendido! ¡Hagamos lo que hagamos, da lo mismo. Nos encerrarán de todas formas!
   Al parecer, Ankar, aún conservaba un poco de respeto por aquel que fue su novio.
   —¿Qué te hace pensar eso? El no traicionaría jamás a su banda. De todas maneras si no te fías, puedes preguntar al párroco cuando regresemos.
   —Es de confianza, no lo dudo. Pero es muy probable que lo vigilen de cerca.
   —¿Piensas abandonar a la niña?
  —La verdad es que me importa un bledo lo que le pase ¡Que vaya sola y se busque la vida! Se supone que es un hada, y debería saber cuidarse ella misma. Dijo el calvo y bigotudo Uriban.
  —No es exactamente un hada sino una niña con facultades extraordinarias. Cuando le enseñen en la escuela, entonces lo será. Dijo Tando.
   —¿Vais a dejarme sola con ella? A Teriko no le gustará saberlo y al burgomaestre tampoco.
   Un extraño e incómodo silencio llenó el ambiente.
Estaba atardeciendo. La pobre niña se sentía muy asustada. Los dos hombres evitaban mirarla. Se podía escuchar el sonido de una mosca. Sania, exclamó:
   —Siento mucho que discutáis por mí. Creedme que si pudiera, me iría sola.

  —¿Alguien te ha preguntado? Exclamó Tando, fríamente.
  —No le hagas ningún caso, chiquilla. Ya verás como todo sale bien. Viajar en solitario es muy peligroso. Dijo la ex novia de Teriko.
   Tando se levantó, y lleno de ira le dio una patada a una piedra, que se deslizó, rodando por el suelo. La enfadada Ankar le dijo con severidad.
   —Deja de hacerte el chulito porque como asustes a Sania o la hagas llorar, te llevarás un disgusto.
   —Sí, claro. Lo que tú digas. Dijo, mirándola con rabia.
  —Cálmate. Creo recordar que la banda de Armio está cerca de la frontera con Lamokia. Propongo que vayamos hasta allí, y te busques a otros que quieran acompañaros. Dijo Uriban.
   —Hmm. Eso suena mejor. Ya no me acordaba de Armio. Ese viejo lobo tiene más futuro que Teriko. Creo que me uniré a él ¿Y vosotros?
   —¿Acaso pensáis que el jefe no sabrá salir adelante? Solo es una racha de mala suerte que ya pasará.
  —Esa mala racha lleva más de un año, persiguiéndole. Cada vez que pienso, que hace cuatro llegamos a ser doscientos hombres y éramos los amos absolutos de la región…Ahora no llegamos ni a veinte y no somos nada.
  —Tuvo su buena estrella gracias al debilitamiento de los ejércitos del barón en su lucha contra Los Dragones Rojos. Los loitinos lo sabían; nos invadieron, y cuando tuvieron bastante y se fueron, llegó Teriko. Luego nos hicimos los dueños de gran parte de Neuria. Pero cuando el barón Amaxo se recuperó de las pérdidas causadas por la guerra, empezó a poner orden. Admítelo, Ankar. Los buenos tiempos se acabaron. Teriko, también.
   —Basta de discusiones, Tando. Vamos a ver a Armio y cuando lleguemos, se decidirá. Dijo la mujer.
   El pequeño grupo caminaba a una media de 25 kilómetros diarios. Descansaban donde podían, y dormían al aire libre en mantas. Los dos hombres se irritaban cuando la pobre Sania, agotada, se sentaba a descansar. La comida la pagaban entre todos. Sania tampoco tenía mucho. Se preguntaba qué pasaría con su casa. No estaba segura si su madre la vendería o no. A saber cuándo volvería allí, otra vez. Solo de pensarlo, sentía nostalgia. Intentaba no llorar para evitar problemas, ya que Tando no soportaba sus llantos y Uriban se burlaba de ella. Los peores momentos llegaban con la lluvia. No pocas veces tuvieron que refugiarse debajo de un árbol mientras echaban maldiciones por su mala fortuna. Pero algo de bueno tuvo el estar juntos durante tanto tiempo; ya le tenían más aprecio.
   Al atardecer del 24º día, llegaron a la altura del campamento de Armio. Estaba situado en una montaña de difícil acceso.
   —Bueno, ahí está. Supongo que el siguiente paso consiste en pedir voluntarios para que acompañen a Sania lo poco que queda del viaje ¿No es así? Exclamó Uriban.
   —Sí, y también unirnos a ellos. Dijo Tando.
  —He pensado que el barón podría indultarnos por haber llevado a ésta niña a su destino. Si nos unimos a la banda será peor.
  —¡Tonterías! Un “largo paseíto” no va a ser suficiente como para borrar atracos, extorsiones y apaleamientos.
   —Ninguno de nosotros tres tiene delitos de sangre, por lo que la idea de Uriban no es descabellada. En cambio, si nos unimos a ellos, nuestra situación empeorará. Dijo Ankar.
  —No creo que nos pase nada por estar un rato charlando con ellos. Les preguntaremos como les va, y según lo que nos digan, decidiremos si nos unimos o no. Seamos prudentes.
   —Sí, tienes razón.
  Al ver al centinela que vigilaba el escondrijo, Uriban le hizo una señal. Este le saludó de igual manera y fue a buscar a su jefe.
   Armio se encontraba algo bebido cuando llegaron.
   —¡Hola, chicos! ¿Qué os trae por aquí?
   —Hola, Armio. Venimos a acompañar a ésta pequeña amiga, a visitar a unos familiares. Dijo Ankar.
   El jefe de la banda sonrió a Sania y le dijo:
   —Bien, bien. Visitar a la familia siempre es bueno.
   —Sí, sobre todo si es una familia de hadas. Dijo Uriban.
   Al oír esas palabras el jefe montó en cólera.
  —¿Hadas, has dicho? ¡Entonces no os dejaremos pasar!
   El extrañado Uriban, quiso saber el motivo.
   —Ellas, las muy perras, no nos dejan cruzar la frontera para hacer negocios. Dijo, señalando hacia su izquierda.
   —Yo no veo nada. Dijo Tando.
  —No las ves, pero están allí. Apenas a unos diez kilómetros se encuentra Lamokia. Algunas veces desde el aire y otras escondidas, nos hacen detenernos. Si alguno por casualidad consigue pasar, no tardan en localizarlo y adormecerlo con sus hechizos. Luego lo encarcelan. He perdido a unos quince hombres por culpa de ellas y ahora vosotros pretendéis que os deje pasar para que vaya a ver a unos familiares que son hadas o magos ¡Pues no, señor! No pasaréis.
   —No te enfades, hombre. Era una broma. La realidad es que ella quiere ir a una escuela de hadas para aprender.
   —¡Peor aún, Tando! En el futuro nos perseguirá a nosotros. Así que, ni hablar.
   La decepcionada Ankar, exclamó:
  —Bueno, no te pongas así. Daremos la vuelta y regresaremos a Grismot ¿Qué se le va a hacer?
   Armio hizo un gesto a sus hombres para que les cortaran el paso. Pronto se vieron rodeados.
  —¡Quietas ahí, listillas! ¡No me fío de vosotras! Vuestras opciones son dos: uniros a nuestra banda u os cortaremos el pescuezo. Y eso va por los cuatro. Os daré de plazo hasta mañana para pensarlo.
   Los miembros de la banda echaron a reír, divertidos. A Tando y a Uriban ya no les hacía ilusión unirse a Armio. Sus hombres eran unos borrachos e indisciplinados y no era eso lo que esperaban encontrar. El propio jefe bebía como una esponja.
   —A Teriko no le gustará tu forma de tratarnos. Dijo Ankar.
   —¡Bah! Ese ya pasó a la historia. Un día de éstos lo ahorcarán.
   Al caer la noche, los bandidos se acostaron; unos en el interior de una vieja choza, otros en tiendas de campañas y otros en el interior de las cuevas de la montaña. Sania y sus compañeros estaban al aire libre, vigilados de cerca por un centinela armado. Este se encontraba de pie, junto a una pequeña hoguera.
   Uriban se acercó a él para intentar sobornarlo.
   —Eh…buenas noches, compañero.
   —Muy buenas. Fue su seca respuesta.
   Al verlo poco receptivo se dispuso a dar media vuelta. Pero el centinela, intuyendo lo que quería, lo pensó mejor.
  —Bueno…compañero. No sé si fue mi imaginación pero creí que tenías algo interesante que contarme.
  —Eh, sí…verás. A mis acompañantes y a mí, no nos gusta estar aquí en éstas condiciones. Nos duele que Armio nos trate como a prisioneros.
   Su interlocutor se echó a reír.
   —¿Qué esperabas del jefe? Pensé que lo conocías. No es la primera vez que te veo por aquí.
   —Antes venía con varios compañeros más, de visita y para hacer negocios con él. Pero me pareció más amable de lo que en realidad es. Vaya decepción.
   —¡Ja, ja, ja! Y lo es…con los visitantes. Le encanta guardar las apariencias. Pero a los miembros de su banda nos trata a patadas. Ahora mismo pertenecéis a ella, a menos que prefiráis que os corte la cabeza. La elección es sencilla. Dijo el burlón centinela, colocando su mano en el cuello.
  —No sé si podremos resistir mucho tiempo esta indisciplina reinante. Acostumbrados a las normas de Teriko, esta banda no nos gusta ¿Hay alguna forma de salir de aquí, de inmediato?
   El centinela miró con desconfianza a su interlocutor, luego volvió la cabeza hacia atrás y dijo en voz baja:
   —Pues…depende.
   —¿De qué?
  —Del dinero que me ofrezcáis. Confío en vuestra generosidad.
   —Espera, voy a consultar con los demás.
  —Date prisa. Dentro de media hora más o menos, vendrá un camarada a relevarme.
   Uriban se reunió con sus compañeros y les contó la situación. Había que hacer una colecta.
   —Veamos…20, 35, 61, 185 ¿Se conformará con esto?
   —Yo no pienso darle ni un céntimo más. Con 200 kaliks va bien sobrado. Exclamó Tando.
   Pero al centinela no le bastó esa cantidad.
   —Dile a tus colegas que no sean tacaños. Con 500 kaliks os daré cinco minutos de ventaja, antes de dar la alarma. Con 1.000, quince minutos.
   —Pero ¿No ibas a dejarnos marchar? Eso no es justo.
  —¿Me tomas por tonto? Si hiciera lo que me pides, Armio me mataría. Si doy la alarma, solo me dará unos cuantos azotes.
   —Entonces no hay trato. No tenemos 500 kaliks ni veo que tengas voluntad de cumplir con tu parte del acuerdo.
   —¡Bah! Vosotros os lo perdéis. Seguid durmiendo, tontos. No sois libres porque no os da la gana. Cinco minutos son suficientes como para bajar de aquí a toda prisa y meteros en los bosques. Por solo 500 kaliks, podréis gozar de la libertad.
   —No somos tontos. Tú lo que quieres, es hacerte rico. Dijo Uriban, ofendido. Tras lo cual, se tumbó para dormir.
   El centinela se puso a mirarlo, pensativamente. Dentro de poco vendría un compañero a relevarlo y existía la posibilidad de que llegaran a un acuerdo con él.
   “Debix es un estúpido. Con un vaso de vino es el hombre más feliz del mundo. Seguro que consiguen sobornarlo por mucho menos de 200 kaliks”. Pensó el rabioso vigilante.
   Pasados unos minutos se dirigió a Uriban. Le dio una patada en el pié.
   —¿Estás despierto? Venga, vale. Dame esos 200 kaliks. Acepto. Debéis daros prisa.
   Uriban le dio el dinero y avisó a los demás. Apenas se pusieron las mochilas en las espaldas y anduvieron unos cuantos pasos, cuando el centinela gritó:
   —¡Alarma! ¡Alarma!
   —¡Eso no fue lo acordado, estafador!
   El vigilante sonrió con maldad.
   —Os he dado diez segundos para escapar. Con 200 kaliks no hay para más. Ya te dije que os dierais prisa. No es culpa mía de que seáis tan lentos ¡Ja, ja, ja, ja!
   Al momento se despertaron los bandidos. Armio se abrió paso, espada en mano, y avanzó con cara de ira hacia sus prisioneros.
   —¿Os queríais largar, eh? ¡Bien! Esta noche te cortaré el cuello. Mañana le tocará a tu compañero. En cuanto a las hembras, ya decidiré lo que haremos con ellas.
   Ese comentario provocó una fuerte carcajada de sus hombres. Pero en cuanto levantó el brazo para asestar el tajo a Uriban, la espada se le escapó de las manos, se elevó en el aire y cayó a sus pies. Todos estaban llenos de asombro. Entonces vieron a Sania, sosteniendo una ramita que había encontrado en el suelo. Estaba apuntando con ella a Armio.
  —Ahora, dime ¿Qué hago contigo? Dijo, amenazadoramente.
   —¡No!...Déjame. Te lo suplico. Exclamó el aterrado jefe.
   Sus hombres retrocedieron, asustados. Uriban dio un golpe al desleal centinela, le quitó el dinero que les estafó y lo metió en su bolsillo.
   Ankar, con voz autoritaria, exclamó:
  —¡Vinimos aquí como amigos, suplicando vuestra ayuda! Nos habeis tratado mal, y nuestra compañera ha montado en cólera. ¡Dejadnos marchar o ateneos a las consecuencias!
  —Os pido disculpas…Sí, marchaos. Dijo Armio, temblando.
  Sania respiró con alivio. Le dolía el brazo y estaba cansada. Había utilizado la única habilidad mágica que conocía y dio resultado. Pero por desgracia, al ser novata no sabía controlar la intensidad de su poder.
   —Ankar, por favor. Dame la mano y ayúdame a caminar. La magia es agotadora. Dijo en voz baja.
   —Por supuesto, pequeña. Disimula, para que esos bárbaros no se den cuenta.
   Cuando bajaban por la cuesta, una voz los llamó:
   —¡Eh, esperadme! ¡Quiero ir con vosotros!
   —¿Qué quieres? Dijo Tando, extrañado.
   El desconocido aparentaba tener unos treinta años. Era rubio con bigote. Vestía un traje marrón lleno de manchas.
   —Llamadme Tesalo, por favor. Ya estaba harto de ese loco de Armio. Al ver que os escapabais, he aprovechado la oportunidad para huir yo también ¿A dónde vais?
   —Nos dirigimos a Lamokia, a la ciudad de Keilan. Cuando dejemos a ésta niña allí, ya veremos lo que hacemos luego.
  —Os acompaño. Tengo muy buenos amigos en Lamokia. Soy un comerciante al que secuestraron esos villanos.
   —Está bien, puedes venir con nosotros. Dijo Ankar.
   Tando, malhumorado, le preguntó a Sania:
   —Oye, el truquito ese de quitarle la espada a Armio, fue una buena idea ¿Por qué no lo hiciste antes?
   Sania se encogió de hombros.
   —Porque no estaba segura de que me fuera a salir bien. Pero en cuanto vi que la situación era desesperada, pensé que valía la pena intentarlo.
   Estaba amaneciendo. El canto del gallo de un corral cercano, interrumpió el monótono cri cri de los grillos. De vez en cuando los viajeros miraban hacia atrás. Existía la posibilidad de que los bandidos hubieran cambiado de opinión y los persiguieran.
   —No os preocupéis. Nos encontramos cerca de la ciudad fronteriza de Takana. Estamos a salvo. Si prestáis atención, veréis que dos hadas se dirigen hacia nosotros.
   A unos doscientos metros, unas figuras vestidas de amarillo, con unas alitas transparentes como las libélulas en la espalda, se les acercaban desde el aire. Ambas debían tener quince años. Tesalo les hizo señas.
   —Esta amiguita se llama Sania y quiere ser un hada como vosotras ¿Nos dejáis pasar, para acompañarla?
   —De acuerdo. Oye ¿Qué nombre de hada, usarás?
   Durante un buen rato, las hadas y Sania estuvieron hablando. El curso presente estaba a punto de terminar pero llegaba a tiempo para apuntarse al próximo. Como no tenía ningún sitio cercano a donde ir, viviría con las internas.
   —¿Es cierto que el curso es gratis? Preguntó Sania, extrañada.
  —Para las alumnas prometedoras, sí. Pero no todo son ventajas. Cuando tengas nuestra edad, tendrás que hacer misiones de vigilancia en las ciudades cercanas a la escuela. Ya te lo explicarán a principio de curso con más detalle. Si vas a ir a apuntarte hoy, hazlo antes de las dos.
   Dicho esto, las hadas emprendieron el vuelo.
   —Ahí van esas dos cotillas a contarle a la directora del colegio tu hazaña. Dijo Tesalo, sonriente.
   —No veo que haya mucho que contar. Simplemente, le di un susto a Armio para que nos dejara en paz. Dijo Sania con modestia.
   Tando y Uriban estaban malhumorados.
   —¡Bonita forma de perder el tiempo! Sania ya está bien acompañada con Tesalo y Ankar. Nosotros, regresamos.
  —¡Esperad, esperad! Como ya he dicho, tengo amigos en Lamokia. Si nos acompañáis, es posible que encuentre a alguien que pueda ayudaros.
  —De acuerdo. En realidad no tenemos mucho donde escoger.
  —Vale, yo también iré. Dijo Uriban.
  Al llegar a la entrada de la ciudad había dos centinelas de guardia y el sargento.
  —¡Alto ahí! Para entrar en ésta ciudad, hay que pagar. Son diez kaliks cada uno.
  —Hola, Herno ¿Yo también pago?
  —¡Hola, Tesalo! Ya me han dicho que te escapaste de las garras de Armio. Como eres de aquí, solo tienes que pagar tres kaliks. Pero imagino que no tienes dinero. Pasa, pero otro día me lo pagas. No se te olvide ¿Eh?
  —Yo pago lo de todos. Gracias a ellos soy libre y es lo menos que puedo hacer. Anótalo en mi cuenta ¿La niña paga también?
  —No. Ya que no viene a hacer negocios, sino a estudiar.
   Desde lo alto de las murallas de la ciudad, junto a una torre de vigilancia, estaban las dos hadas de antes. Al verlos entrar les saludaron alegremente.
   —Tenías razón, son unas cotillas. Les ha faltado tiempo de contarle nuestras andanzas al sargento. Dijo Tando.
   —¿Ahora, a dónde vamos? Preguntó Ankar.
   —Podemos ir a la plaza o al muelle. Es buena hora para buscar trabajo en cualquiera de esos sitios.
   —¿A buscar trabajo? ¡Ah, no! No estoy dispuesto a hacer vida de esclavo y llevarme todo el día descargando bultos de las carretas de un mercado o soportando el olor a pescado podrido del muelle ¿Tengo cara de haberme vuelto loco? Dijo Tando.
   Sus compañeros se echaron a reír.
  —¿Es que piensas pasarte toda la vida, jugándote el pellejo entre bandas de delincuentes? Dijo Ankar.
   —¿Por qué no? Es lo que he hecho durante los 34 años que llevo de existencia.
  —Compañero, tú no llegarás a viejo. Yo prefiero dejar la banda, y buscarme un trabajo honrado. Exclamó Uriban.
  —Anda, acompáñanos. Es probable que dentro de un rato, cambies de opinión.
  En la plaza había una multitud de puestos y tenderetes a medio montar. Las hadas volaban de un lado a otro, relevándose en las guardias o llevando mensajes. Nadie les solía prestar atención. Ya estaban acostumbrados a ellas. Los vendedores marchaban de un lado para otro, apresurándose a colocar la mercancía. Sania estaba triste.
   —Cada vez que paso por un mercado me acuerdo de mi ingrata madre. Se salvó por muy poco de una grave enfermedad. Estuve todo el tiempo cuidándola, y en vez de defenderme de mi abuela, permitió que me echara.
   —No te pongas así. Lo mejor que podías hacer, era ir a estudiar.
   —Tal vez tengas razón pero esperaba un trato más considerado por su parte.
   Tasalo se adelantó unos pasos, y dirigiéndose a Uriban y su compañero, les dijo:
   —Esperad aquí.
   A Tando no le gustó eso.
   —Seguro que va a contarle a La Guardia de la Ciudad que somos unos bandidos.
   —No creo. Ya lo habría hecho en la entrada. Me parece que va a preguntar si hay trabajo.
   —¡Me voy! Tanto si es una cosa como si la otra, no me gustan ninguna de ellas.
   Ankar le reprochó su actitud.
   —¿Quieres dejar de portarte como un niño? Encima que Tasalo va a ayudarte a ser un hombre honrado, tú insistes en ser un delincuente ¿Qué hacemos contigo?
   Tando no tuvo tiempo de responder. Tasalo regresó con dos hombres más.
  —Os presento a Gulio y a Teiro. Necesitan dos ayudantes. Tando, Uriban; id con ellos. Hay muchos sacos que descargar de ese barco.
   Uriban fue decidido, mientras que el cabizbajo de Tando iba resignado como un cordero al que llevan para el matadero.
   —¿Sabes coser? Preguntó Tasalo a Ankar.
   —Un poco ¿Por qué?
   —Necesito una costurera en mi negocio; ya que según me han dicho mis hermanos, la anterior se fue a otra ciudad ¿Aceptas?
   —Eh…sí, por supuesto, pero ¿Y Sania?
  —Llévala a la escuela, y cuando regreses, desayuna y descansa. Cuando estés más relajada te explicaré en qué consiste tu trabajo. Es allí. Dijo, señalando a una tienda con la puerta de color verde.
Ankar hizo señas a una de las hadas que iban y venían por toda la ciudad.
   —¿Está muy lejos Keilan?
  —A unos cuatro kilómetros. Es el pueblo de al lado. Coged por ahí, y llegaréis enseguida. Dijo, señalando hacia un hermoso bosque, cerca de un caudaloso río.
   Por entre las copas de los árboles se divisaban varios edificios. Era la escuela de hadas “El Roble Dorado”. La entrada era una vieja cancela pintada de verde. En las puertas estaba impreso en letras metálicas el nombre y el árbol que la simbolizaba. Ambas cosas estaban pintadas de un color oro viejo. A Sania no le gustó la combinación verde de las rejas con el dorado de las letras.
   En la entrada había un barrendero vestido casi con harapos de lo remendada que estaba su mugrienta ropa de cuadros azules, blancos y rojo oscuro. Tenía el pelo de color castaño, con abundantes canas. Aparentaba tener cincuenta años. Era delgado y con arrugas en la cara. Parecía que hablaba solo mientras barría las hojas de unos árboles. Sania se dirigió a él.
   —Disculpe. La directora de la escuela de hadas….
  —¡Está dentro! ¡Busca y la encontrarás! Si no la ves, es tu problema. Dijo señalando a la puerta. Luego, siguió con su tarea como si no hubiera nadie. Sania y Ankar se miraron extrañadas.
   —¡Menudo tipo! ¿Nos habremos equivocado de sitio? A ver si hemos ido a parar a la mansión de un loco. Dijo la niña, divertida.
   Eran aproximadamente, las once de la mañana. El patio estaba solitario. Encima de sus cabezas escucharon una voz. Era el hada que les indicó el camino.
   —Id a ese edificio. En la planta baja os atenderán.
   Dicho esto, siguió volando.
  Cuando se dirigían a entrar en el despacho de secretariado, una mujer de unos 35 años salió a recibirles.
   —¿Eres tú, la alumna nueva?
   Sania contestó, afirmativamente. Esa mujer era la directora. Tenía el pelo castaño rojizo, recogido en una cola. Llevaba unas horribles gafas de gruesos cristales. También tenía los labios, pintados de color rojo oscuro. A Sania le dio la impresión de que era una mujer bella que quería parecer autoritaria.
   —Como sabes, llegas demasiado pronto. Así que para que no estés aburrida, acompañarás a la bibliotecaria. Entre ella y los profesores que estén libres te ayudarán a leer, escribir y hacer algunas operaciones matemáticas básicas. De paso te explicarán en qué consiste la carrera de hada.
   Sania dio las gracias a Ankar por todo lo que había hecho por ella y la abrazó, despidiéndose. Ambas quedaron en escribirse de vez en cuando para saber cómo les iba la vida.
   La directora, cuyo nombre era Casia Danieli, le dijo que no se olvidara que en adelante, Sania usaría el nombre de “Mercurita” ya que ese era el seudónimo escogido por ella y con el que sería conocida en la escuela. Tras rellenar los papeles de admisión y leer los documentos, la directora exclamó:
   —Bienvenida a la escuela, Mercurita. Espero que tu ingenio esté a la altura de las circunstancias y dejes en buen lugar el nombre de éste centro.
   —Por supuesto. Respondió la niña.