Era por la tarde. Salí a dar una vuelta para perder unos cuanto kilitos, que falta me hacía. El ambiente era caluroso, como todas las primaveras en mi ciudad. De pronto, escuché una voz suplicante, de un hombre que estaba dentro de un coche aparcado. Casi me muero del susto, al verlo.
-Por favor ¿No tiene nada de comer o beber?
Tenía la cara como de no haberse afeitado en una temporada, además del pelo revuelto y la camisa llena de arrugas, y algo sucia. Mi primera impresión fue que se trataba de un mendigo que vivía en un coche abandonado; pero el vehículo, si bien le hacía mucha falta un buen manguerazo, no parecía viejo en absoluto. Me entraron ganas de salir corriendo, pero me contuve. Me metí las manos en los bolsillos para darle unas monedas, y que me dejara en paz.
-Señor, no le estoy pidiendo dinero, sino comida.
Eso era otra cosa. No estaba dispuesto a pagarle los vicios a ningún pordiosero. Cerca de allí, había una tienda de golosinas. Le pregunté, si se conformaría con un paquete de patatas, a lo que el hombre respondió, afirmativamente.
-Traiga agua también, si no le importa. Agua, por favor. Nada de Coca Cola, cerveza o cualquier otra bebida.
-De acuerdo. Vuelvo enseguida. No se vaya a ir.
-¿Irme? No puedo aunque quisiera. Además, al coche no le queda gasolina.
Al entrar en el establecimiento, miré hacia atrás. El hombre me hacía gestos con las manos para confirmar que seguía en el mismo sitio de antes. Le compré un paquete de patatas, una botella de agua de un litro, y un bollo de chocolate. Se puso muy contento cuando le entregué todo aquello. Por fin, alguien que no pedía para drogas o vino. Ya tuve una rabieta por culpa de un hombre al que vi muy necesitado, y tras darle dinero, al rato me lo encontré de nuevo, pero borracho. Me dije que ese sería el último, y ninguno más. Sin embargo, este hombre me pareció distinto. Esperaba que no me decepcionase.
-Por favor, si no tiene nada que hacer, le rogaría que se quedase a charlar un rato conmigo.
Bueno. No esperaba que me pidiera conversación, pero suele ocurrir, que la gente desesperada, necesita contarles el motivo de sus desgracias a los desconocidos que les inspiran confianza. Como lo más difícil, que es soltar dinero, ya estaba hecho ¿Por qué no escuchar a ese infeliz?
-Dígame, caballero. Dije, acercándome a la ventanilla.
-Me llamo Angel. Hace unos días, no recuerdo cuántos, pero era jueves; a eso de las once y media de la mañana, iba yo con mi coche, cuando de repente, veo en el paso de peatones de un semáforo, a dos niñas, andando a la patita coja, justo en las rayas de la señal. Los conductores nos pusimos a tocar el claxon para que se fueran. Ese no era el sitio adecuado para ponerse a jugar. Curiosamente, las niñas llevaban un vestido de fantasía, de color turquesa, y unas alitas en la espalda. Se tomaron a mal nuestras justas protestas. Yo iba el primero de la fila de coches que aguardaba. Ambas niñas eran morenas; una algo gordita, y hablaba poco. No podía decirse lo mismo de su compañera, que era una auténtica “buscacosquillas”, tal y como pude comprobar, de inmediato.
-¡Dejad de mugir, toros! ¿Tanto trabajo os cuesta esperar a que lleguemos a la otra esquina?
Me puse furioso al escucharla.
-¿No te han enseñado tus padres, que la carretera es para circular los coches, y que hay que respetar las señales de tráfico?
-No lo sabía, pero tampoco me importa. La calle es para que los niños podamos jugar; no, para que los mayores la uséis para chulearnos con vuestros molestos, ruidosos y contaminantes monstruos con ruedas ¡Habrase visto! ¡Menuda gentuza!
Me puse a insultar a esa niña maleducada. Pero muy lejos de echarse atrás, tuvo la poca vergüenza de reprocharme mi actitud.
-¡Hipócrita! Tú, al nacer, fuiste un niño. Si estuvieras en nuestro lugar, pensarías como nosotras ¡No me digas que no! Seguro que alguna vez, hiciste algo parecido a lo que estamos haciendo ella y yo.
Le dije con malos modales, que no me contase historias raras, y nos dejaran irnos de una vez. Añadí, que mi niñez no era de su incumbencia, y fueron otros tiempos. La niña seguía a lo suyo, cada vez más indignada.
-Ya veo que esos recuerdos son muy lejanos para ti. Pero al menos, deberías tener más humanidad. Si bien no eres un niño; tanto dentro, como fuera del coche, eres una persona de carne y hueso como yo ¿Es mucho pedirte, que tengas un poco más de comprensión hacia tus semejantes?
-¿Queréis apartaros de una vez, de la carretera? ¡A ver si al arrancar, atropello a alguna!
En ese momento, habló la niña gordita.
-¿Has oído? No solo aborrece su niñez, sino que le queda muy poco de humano. Quiere más a su coche, que a las personas. Eso merece un castigo ¿Te gustan los coches? Pues quédate dentro de él, y permanece ahí, para el resto de tu vida. Dijo, al tiempo que me señalaba con el dedo índice. Su amiga le reprochó esa actitud.
-¿Qué haces? ¿No ves que a pesar de su chulería y malos modales, no es más que un pobre loco? ¿Cómo se te ocurre castigarlo de esa manera tan radical?
La gordita, abrumada por el reproche de su amiga, rectificó.
-¡Vale, tienes razón! Que sea solo una semana.
Harto de tanto insulto y palabrería inútil, aproveché que se echaron a un lado, para tirar hacia adelante y continuar por mi camino. Sí, era lo mejor, o me habría visto obligado a salir, y ponerme a repartir guantazos a esas descaradas. Luego vienen los problemas ¿Dónde se habrían metido sus padres? Me pareció que me llamaban, pero seguí a lo mío. Bastante tiempo había perdido ya, por culpa de esas mocosas. La sorpresa llegó, cuando metí el coche en el garaje. No podía salir, por más que lo intentaba. Como ese es un sitio muy siniestro para quedarme encerrado, lo saqué a la calle. Y aquí estoy.
Me llenó de asombro la historia de ese tal Angel. Me esperaba cualquier cosa, excepto eso. Le hice unas cuantas preguntas para comprobar su cordura.
-¡Vaya por Dios! Me ha dicho que esas niñas llevaban unas alitas en la espalda ¿Verdad? ¿Podrían ser hadas?
-No lo sé, pero tampoco le di importancia. Cada cierto tiempo hay fiestas en los colegios, o es el cumpleaños de alguna amiga, y aprovechan para disfrazarse. Ellas, bien podrían salir de alguna de esas celebraciones.
-¿Seguro que su encierro no es causa de alguna avería en la puerta?
-No creo. Ya lo intenté con la de al lado, y las de atrás. Es imposible. No se abren.
Me contó, que llevaba unos cuantos días viviendo en el coche. No sabía cuántos, a causa de la monotonía. Pero le parecieron siglos. Lo estaba pasando muy mal. Nadie le hacía caso. Algunos, se burlaban de él. Muchos, le daban la espalda. De tanto ir y venir por la ciudad en busca de ayuda, acabó gastando la gasolina. No tenía móvil. Vivía solo, y era soltero. Sus padres residían a más de mil kilómetros de allí. Estaba desempleado, pero confiaba que dentro de un par de meses lo llamaran a trabajar. Su preocupación más inmediata, era presentar la declaración de la renta. Le pedí que intentara salir otra vez. No lo logró. El pestillo de la puerta se movía, pero ésta permanecía en su lugar.
-¿Lo ve? La puerta sigue en su sitio.
-¿Ha intentado, salir por la ventana?
-Sí, pero es inútil. No puedo salir. Dijo, intentando sacar la mano, que no lograba traspasar el hueco donde estaba situada la ventanilla, bajada ¿O lo fingía?
Hacía sus necesidades dentro del coche. Eso, sí que lo podía creer, a juzgar por el “olorcillo” que me llegaba. Menos mal que llevaba dentro un periódico, y eso le ayudó en algo.
-¿Ha comido alguna cosa, antes de que yo le trajera de comer?
-Muy poco. Apenas, tres trozos de pan y una rodaja de mortadela, que me tiraron unos gamberros que estaban comiendo el bocadillo cerca de un instituto, y no entendieron mi situación. Como tenían mala puntería, no pude comer más.
¿Qué pensar de ese hombre? ¿Estaba loco? No podía evitar, sentir lástima de él. Pero su accidentada historia de hadas, me parecía tan increíble….
-Angel; me dijo que detrás había más coches esperando ¿Esto que le han hecho fue solo a usted?
-Ahora que lo dice, creo que sí. De hecho, otros tocaban el claxon, más ruidosamente que yo. Es muy posible que algunos las insultaran con más furia. Pero como yo era el primero de la fila, me llevé la peor parte. O eso creo, ya que por el retrovisor, vi que las niñas no discutieron con nadie más, pero no se privaron de hacerles burlas y sacarles la lengua a los conductores. Cosas que pasan en esta injusta vida.
-En parte, esas crías tenían algo de razón. Con tanto progreso nos estamos deshumanizando. Los niños, apenas tienen lugares donde jugar, salvo algunos parques, suponiendo que los gamberros no hayan causado daños en las atracciones.
-Completamente de acuerdo, pero un paso de peatones de un semáforo en verde con una larga hilera de coches detrás, esperando, es un mal sitio para hablar de eso con unas niñas malcriadas ¿No cree?
Sus respuestas me parecieron muy sensatas. Me despedí, deseándole buena suerte. Empezaba a oscurecer. Su único entretenimiento, era escuchar un ratito la radio. El coche se estaba quedando sin baterías, y sonaba muy baja.
Al día siguiente, cogí el autobús para ir al trabajo. Trabajaba de celador en un hospital. Casi me había olvidado de ese extraño
hombre encerrado, cuando desde la ventanilla lo vi, dejado caer, encima del volante. Eso me inquietó. Tanto, que se lo comenté a mis compañeros, aún a riesgo de que se burlaran de mí.
-Paco, tú, que eres psiquiatra ¿No podrías acompañarme un momentito a la hora del bocadillo, y hablar con ese hombre?
-Ni pensarlo, Andrés. Ni siquiera se me hubiera ocurrido acercarme a él, como hiciste tú. Yo en tu lugar, habría llamado a la policía. Ellos saben lo que hacer con individuos así. Ya me he llevado más de un susto al tratar de ayudar a desconocidos.
-No creo que sea un delincuente. Más bien te diría, que es un pobre hombre. Eso me pareció.
-Bueno, en tal caso, lo soltarán en seguida ¿No crees?
Fue a la salida del trabajo, cuando acompañado de Paco, nos acercamos a unos metros del coche. El tal Angel, seguía con la cabeza caída, encima del volante. Llegué a temer que en su desesperación, hubiese cometido alguna locura. Paco me pidió que llamara a la policía, inmediatamente. Le entregué el móvil.
-Toma. Llámala tú, si no te importa. No tengo valor para eso.
-Mira que eres quisquilloso. En fin….
Desde una distancia prudencial, vimos como dos agentes se acercaban. Dieron unos golpecitos en la ventanilla y despertaron al conductor.
-¡Oiga! ¿Se encuentra bien?
-¡Sí! ¡Gracias!
-Abra la puerta y salga. Queremos que nos enseñe su carnet.
Angel dijo que no podía. Los agentes le pidieron que lo intentara. Abrieron la puerta, lo agarraron suavemente por las manos, con cuidado para que no se cayera, y consiguieron sacarlo con poca dificultad.
A continuación, le pidieron que se sentara en un banco cercano. Tenía calambres de tanto estar encerrado, y no podía permanecer de pie. Se tapó la cara con las manos, como si hubiera despertado de una pesadilla. Uno de los agentes le dio un golpecito amistoso en la espalda, mientras el otro informaba
por radio de lo ocurrido.
-Tranquilícese. Ya pasó todo.
Paco se burló de mí.
-¿Lo ves? Mira qué fácilmente lo han sacado. Así que ese hombre desató las iras de unas hadas con sus bruscos modales ¿Eh? ¡Ay, qué risa! No me digas que estabas pensando que su historia era real.
Me quedé sin palabras. Paco dijo que lo más probable era que fuese un maniático, un alucinado, o cualquier otra cosa parecida.
-Si yo te contara la cantidad de pacientes que he tratado y sus problemas, te quedarías de piedra. Bueno, muchacho. Yo vivo aquí, cerca. Te dejo.
Tras despedirnos, cogí el autobús. Entonces, recordé un detalle de la increíble historia. Dijo que el fatídico suceso ocurrió un jueves a las once y media, aproximadamente. Hoy era jueves, y el reloj marcaba las catorce horas y veinte minutos. Por lo tanto, hacía casi tres, que expiró el plazo de la supuesta maldición que tuvo que soportar Angel. Tal vez por eso, consiguió salir.
Estaba ensimismado en mis propios pensamientos, cuando empezó a entrar gente. El autobús estaba a tope. Apenas me podía mover.
De pronto, siento un brusco frenazo, que casi me tira. De inmediato, escucho al conductor, hablar con malos modales a alguien en el exterior, y muy sofocado.
-¡La madre que os parió! ¿Vais a poneros a jugar a “la casita”, justo en medio de la calzada, y a la hora de salir de los trabajos?
La mayoría de los pasajeros se sumaron a la indignación. Sus gritos e insultos eran, ensordecedores. Yo, con tanta gente delante, no sabía lo que estaba pasando. Con mucha dificultad, intenté asomarme a la ventanilla más cercana. Me bastaron un par de segundos para entenderlo todo, y que se me pusiera el pelo de punta. Unas niñas, cuya descripción coincidía plenamente con la que me dio Angel, habían colocado unas mesas y varias sillas, procedentes de un contenedor de basuras cercano, estorbando el paso de los vehículos. Al escuchar el insultante clamor, se levantaron de sus asientos, y avanzaron llenas de indignación hacia el autobús.
-¡Conductor! ¡Abra la puerta, por favor. Yo me bajo aquí!
Apreté, frenéticamente, el timbre para que me dejara salir. Me podía imaginar lo que podría ocurrir a continuación, y no creía que pasar una semana encerrado en un autobús con tanta gente dentro, fuera una experiencia agradable.
Fin